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Una lucha imprevista

23 enero, 2018

Hoy os traigo un relato que podéis encontrar en mi libro Relatos de vida (puedes comprarlo aquí). Se titula Una lucha imprevista y trata sobre la situación que vive la protagonista cuando ve que tiene que hacer frente a un sentimiento al que ella creía que nunca tendría que enfrentarse: el amor.

Si ya has leído el relato te invito a que dejes tu comentario sobre el mismo al final. Y si lo vas a leer ahora por primera vez también te animo a que me dejes tu opinión con un comentario.

Una lucha imprevista

Ella había luchado por muchas razones. Había luchado para defenderse; había luchado por dinero, había luchado por convicción, había luchado por honor, por codicia, por avaricia; había luchado por muchas razones, pero nunca por amor.

Ella no sabía lo que era el amor.

No conoció a sus padres y la gente con la que se crió y creció no prestaban atención a los sentimientos. La única razón que los unía eran sus ganas de enriquecerse. Al principio a ella también le atrajo la idea de enriquecerse y poder vivir una vida muy diferente a todo lo que recordaba. Su fortuna comenzaba a crecer, más desde que demostraba a sus compañeros que era tan hábil como cualquiera de ellos con la armas o en la lucha cuerpo a cuerpo.

GuerreraRecordaba cada una de las batallas en las que había tomado parte y recordaba el motivo por el que habían entablado combate. No se arrepentía de ningún combate, de ningún gesto, de ninguna muerte. Pero desde hacía unos días algo la estaba trastornando. Nunca había sentido nada así, una especie de inseguridad, de no controlar lo que pasa en su cabeza.

Desde hace unos días no podía evitar fijarse en el joven que extraía agua del pozo ubicado en el centro del campamento. Era un joven algo mayor que ella, pero no mucho mayor, con los músculos de los brazos desarrollados de tanto sacar agua del pozo. Era alto, de pelo y de tez morena, con ojos marrones como lo de ella. Él la ignoraba por completo mientras realizaba su tarea, o eso le parecía a ella.

Él llevaba observándola más tiempo que ella a él. No pasaba un día sin que él se colocara en la mejor posición para hacerse ver a los ojos de ella, una auténtica guerrera sin miedo a nada y que nunca se había interesado por los hombres. Siempre trabajaba en el pozo en los momentos que sabía que ella estaría mirando, casi furtivamente, mientras limpiaba sus armas.

Ella trataba de controlar lo que pasaba por su cabeza y no concebía cómo podía estar pasándole eso a ella. Ella, una persona que siempre controlaba sus pensamientos, sus acciones, hasta el más mínimo detalle siempre bajo control. Hasta ese momento. Entonces se dio cuenta de que esa era la batalla de su vida. Ese era su mayor enemigo. No el joven del pozo, no. El amor.

El amor había nacido en ella como las flores en primavera, como los brotes verdes en el desierto tras un tormenta. Ella no sabía cómo comportarse, cómo acercarse al joven; ni siquiera sabía si realmente quería acercarse.

Por fin se decidió. Dejó sus armas sobre un mesa baja y comenzó a andar hacia el pozo.

Un paso. Dos. Tres.

A medida que se acercaba al pozo su seguridad se esfumaba. Ella, acostumbrada a tratar con personas de toda condición, no podía contener la sensación de inseguridad que se apoderaba de cada uno de sus músculos a cada paso que daba.

Por lo menos parecía que el joven no se había dado cuenta aún que ella se estaba acercando. De nuevo ella se equivocaba porque él sabía, tras observarla de reojo, que pronto estarían más cerca que nunca. De repente vio que ella dudaba. Tras recorrer los primeros pasos con aparente seguridad ella se quedó quieta, tan inmóvil como cuando acechaba a sus presas los días de caza.

No podía avanzar, se encontraba paralizada. Una parte de ella quería seguir avanzando y recorrer la escasa distancia que le separaba del joven de los brazos musculosos. Sacudió la cabeza moviendo su espesa cabellera de color castaño, más para recolocar sus ideas que como gesto para atraer la atención del joven.

Por la cabeza le estaban pasando montones de pensamientos que no guardaban relación con lo que estaba sucediendo en esos momentos. Vio diferentes momentos de su infancia, sus primeros juegos con los chicos del poblado, su primera arma, los primeros días de aprendizaje de técnicas de combate, su primera pieza de caza. ¿De qué le servía pensar en todo eso ahora? No tenía respuesta para la pregunta que ella misma se hacía.

El joven se fijó que ella sacudió la cabeza, moviendo la melena castaña al viento y dejando ver su cuello delgado y bien formado. En ese momento el se enamoró un poco más de ella. Nunca habían hablado, no sabían ni sus nombres, pero él sentía que ella no era indiferente a su presencia. ¿Cómo abordarla, a una guerrera, cuando él no era más que el encargado de sacar agua del pozo? Pues bien, ese día parecía que todo iba a encaminarse porque era ella quien empezó a andar. Su corazón comenzó a palpitar al galope mientras sacaba agua a medida que ella se acercaba paso a paso.

Tras unos segundos de quietud y vacilación, que a ella le parecieron eternos, consiguió comenzar a caminar de nuevo.

Otro paso. Otro. Y otro.

Recorridos los escasos metros que los separaban ella se apoyó en el muro del pozo mientras él terminaba de subir una piel de oveja llena de agua. No dijeron nada y apenas se miraron a los ojos. Él, concentrado en subir el agua; ella, intentando disimular el color rosado que empezaba a aparecer en sus mejillas.

Chico frente a chica

Cuando la piel de oveja estuvo al alcance de su mano el joven la cogió y derramó su contenido en un cubo que había entre los dos. El agua, burbujeante por el movimiento, llenó el cubo. Ella cogió un cuenco de arcilla y lo introdujo en el cubo de agua hasta que estuvo lleno. En el momento de sacar el cuenco su mano rozó la del joven, que sujetaba el cubo.

En ese instante los dos se miraron a los ojos, por primera vez. Ninguno de los dos parpadeó.

Él, tenso por el roce de sus manos; ella, sonrojada por el contacto.

Ninguno bajaba la mirada mientras ella mantenía el cuenco bien sujeto y él aguantaba el cubo. Ella se llevó el cuenco despacio a la boca, dio un sorbo de agua mientras fijaba sus ojos en el fondo del cuenco para no incomodarse mirando los ojos del joven e, impulsada por el frescor del líquido, abrió la boca para habla con él.

Ella estaba dispuesta a hablar aunque no sabía qué decir. Tras beber un nuevo sorbo de agua abrió la boca para empezar dando las gracias e intercambiar unas palabras con el joven aguador. Justo en el momento que consiguió reunir todo el valor para hablar se escucharon unos gritos de alerta en el campamento. Procedían de la parte norte, donde los centinelas vigilaban varios senderos que desembocaban en un pequeño grupo de árboles. Los vigías estaban siendo atacados y con sus gritos anunciaban a todos que la lucha sería terrible.

La rabia hizo que ella apretara el cuerno entre sus manos con tanta fuerza que estuvo a punto de romperlo. La rabia y la sorpresa de sentirse contrariada ante una batalla. Ella, que nunca había renunciado a un combate, a una batalla, ahora se veía con ganas de no luchar y poder disfrutar de la compañía del joven aguador. ¿Qué le estaba pasando?

Esos pensamientos no pudo tenerlos mucho tiempo presente porque su cuerpo, muy bien entrenado, enseguida tiró le cuenco y fue hasta su tienda, a apenas unos pasos, y recogió su arco, unas flechas, su espada y un puñal. Cuando regresó al centro del campamento, el pozo donde había estado hace escasos segundos, vio que el joven había desaparecido. Menudo cobarde ese aguador, pensó ella, a la mínima que se intuía algo de peligro el joven salía corriendo sin mirar atrás. Pero no pudo centrarse mucho en eso porque ya hacían aparición los primeros enemigos por el lado norte de la plaza. Ella se encaró hacia allí con el arco tenso y una flecha ya cargada. En el momento que iba a soltar la flecha vio que el aguador se acercaba a su posición armado con una espada y un puñal, sin arco. Inmediatamente ella comprendió que él no había huido sino que fue a por sus armas y, a juzgar por las armas que empuñaba, eran armas para organizar su defensa mientras ella se centraba en disparar una flecha tras otra.

Henchida de emoción por ver que el hombre que la atraía no la había abandonado, sino que se preocupaba por ella, disparó flecha tras flecha, abatiendo a un enemigo cada vez, hasta que la distancia entre atacantes y defensores hizo inútil el uso del arco. Entonces lo dejó en suelo y empuñó la espada.

Los grupos atacantes ahora procedían de el norte y desde el sur, un ataque en tenaza que los hacía vulnerables. Eran los únicos que estaban en mitad de la plaza, el resto de habitantes había podido coger posiciones con una casa a sus espaldas y las paredes impedían que fuesen atacados por la espalda. Instintivamente él se puso detrás de ella, espalda con espalda, y decidieron lucha junto al pozo. Eso les permitía centrarse a cada uno en un solo punto de ataque y defensa.

En el poco tiempo que todo esta había tardado en ocurrir ella se dio cuenta que el joven no era un simple aguador. Los brazos no estaban musculares únicamente por utilizar el pozo, no, eran brazos acostumbrados a empeñar una espada y a manejar el arco. Esa espalda, que ahora sentía en contacto con la suya, estaba tensa por la situación y se notaban los músculos duros bajo la piel. Ese simple contacto entre ambos en medio de un combate era para ella una nueva experiencia que no quería que acabase. No podía comprender cómo no se había dado cuenta de eso en cuanto lo vio pero ahora tenía otras cosas en las que centrarse.

Los dos paraban golpes enemigos, se movían, buscaban el mejor ángulo de ataque y hundían sus espadas en sus enemigos. Piernas, brazos, pechos, gargantas, tripas. Cualquier sitio era bueno para soltar estocadas y reducir el número de enemigos. Mientras ellos luchaban en el centro de la plaza sus compañeros iban ganado terreno a los atacantes e iban ganando terreno para poder ayudarles a los dos. Todo parecía que iba a acabar tan rápido como había empezado pero había tres atacantes rodeando a los dos jóvenes que los estaban poniendo en serios apuros.

El joven aguador realizó una ligera esquiva hacia el costado para tener un mejor ángulo de ataque y perforar las costillas de uno de los atacantes pero, al mover el pie, tropezó con el borde del pozo y eso le hizo perder el equilibrio un momento y dejar su cabeza libre de guardia. El atacante, un veterano de muchas batallas, no dejó pasar la ocasión y, con todas sus fuerzas, descargó un golpe sobre la cabeza del joven. Todo estaba perdido para él. Ella acabó con su oponente degollándolo con el puñal e interpuso, casi al mismo tiempo, su espada en la trayectoria de la del veterano, parando el golpe que habría matado en el acto al aguador. Sin pensárselo dos veces, el joven hundió su puñal en el estómago del veterano mientras pinchaba con la espada al tercero de los atacantes, que murió con la espada del joven clavada en el estómago y el puñal de ella rebanándole la garganta.

Todo había sido muy rápido y no habían tenido tiempo de intercambiar ninguna mirada ni ningún gesto para organizar su defensa. Tampoco les había hecho falta, se habían entendido como su llevasen combatiendo juntos toda la vida.

Él se sentó en el suelo con la espalda apoyada en el pozo en cuanto vio que no había oponentes a su alrededor, aturdido por el instante en el que pensó que todo había acabado y estuvo a punto de ser abierto en dos por la espada enemiga. Respiró hondo, llenando completamente los pulmones en cada respiración, captando el sabor del aire y el bienestar que le procuraban esas bocanadas.

Ella no se lo pensó dos veces y dejando sus armas en el suelo, a un lado, se agachó junto a él y le abrazo con fuerza. Era un gesto espontáneo, lleno de verdad y de preocupación. Sus brazos rodeaban el cuello del joven mientras su cara reflejaba alivio por verle sano y salvo, allí, con ella. Después de unos segundos abrazándose, aunque los dos hubieran preferido seguir abrazados, ella deshizo el abrazo y fijó su mirada en la de él. Los dos mirándose sin decir nada, al menos no con palabras. Ella aún mantenía las manos apoyadas en los hombro del joven y éste, mientras seguían mirándose a los ojos posó sus manos en la cintura de la joven, casi como una caricia.

Ninguno de los dos tenía más ojos que para lo que tenían delante. Ella no sabía que podía albergar esos sentimientos de cariño y emotiva preocupación por alguien y eso a la vez la desconcertaba y la atraía. Él, por fin podía acariciar y mirar directamente, sin tener que disimular, a la joven que le gustaba desde hacía tanto tiempo.

Aún sin decirse nada sus caras poco a poco se fueron acercando la una a la del otro. No hacían falta las palabras, sus miradas y sus manos ya estaban hablando por ellos. Ella con las manos en los hombros de él; él con las manos en la cintura de ella. El espacio entre ellos se fue reduciendo hasta que sus labios se tocaron, primero suavemente y después, tras un instante de vacilación, con pasión y ternura.

No existía nada más. Sólo ese momento.

Y en el momento que ese beso, ya eterno en sus mentes, terminó, ella pensó que esa había sido la mejor batalla de su vida. Esa lucha imprevista era lo mejor que le había pasado nunca.