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La pelea

21 febrero, 2018

Camina de vuelta a casa después de haber estado corriendo casi dos horas. Normalmente no suele correr tanto tiempo pero ese día los pensamientos que pasaban por su cabeza le han hecho perder la noción del tiempo y al final ha sido el cansancio el que le ha dicho que era hora de parar. Por suerte estaba de vuelta hacia su casa, así que no le importa hacer los últimos minutos andando. Le vendría bien para bajar las pulsaciones.

Sonríe al recordar que ha dejado la cena preparada antes de salir ha hacer ejercicio y comienza a disfrutar el momento de llegar a casa, ducharse tranquilamente con agua bien caliente y sentarse después de en el sofá a cenar su plato favorito. Ese momento de disfrute se ve interrumpido por la aparición de dos chicos al doblar una esquina. Ella se disculpa y trata de esquivarlos para llegar hasta su portal, que está a apenas cincuenta metros, donde realiza los últimos estiramientos antes de subir a su piso.

Pero los chicos tienes otra intención. Se plantan frente a ella y no le permiten pasar. Como va con los cascos de la música que suele llevar a correr puestos no escucha lo que ellos le dicen y piensa que le están preguntando por cómo llegar a algún lugar. Se quita los auriculares con la intención de ayudarles y es entonces cuando se da cuenta que no están perdidos, quieren entretenerse con ella y sentirse superior insultado y acosando a una chica más débil que ellos.

Cuando intenta por segunda vez zafarse de los dos chicos uno de ellos coge su muñeca y aprieta fuerte para que ella no pueda escaparse. La reacción de ella es inmediata, se da media vuelta e impacta una sonora bofetada sobre la mejilla del hombre que la retiene. Piensa que esa reacción provocara que su agresor suelte su muñeca y así podrá aprovechar para correr hasta su portal y ponerse a salvo. Pero eso no hace más que empeorar las cosas y el hombre aumenta la fuerza con la que sujeta su muñeca hasta el punto que ella nota que un apretón más fuerte le provocará la rotura de algún hueso.

El hombre golpeado, que ve su orgullo de macho herido, no puede permitir que una mujer le pegue y menos delante de su amigo. Se toma la venganza por esa bofetada como algo más que un acto de defensa de la mujer y le propina un golpe en la cara con el puño medio cerrado. La chica lanza un pequeño grito acompañado de unas gotas de sangre que comienzan a correr por sus labios. El golpe, sin ser excesivamente fuerte, ha sido en los labios, que se han roto en varios puntos y tiñen su barbilla de un color rojizo. Ella se pasa la lengua por los labios intentando hacerse una idea de la gravedad de las heridas. El sabor metálico y tan característico de la sangre se diluyen en su boca con el contacto de la saliva. Traga lentamente esa mezcla de fluidos y mientras la sangre desciende por su barbilla sin llegar a gotear decide que esos dos miserables no van a arruinarle el día.

Su reacción es tan rápida que coge completamente desprevenidos a los dos hombres. Lanza una patada al hombre que hasta ese momento había permanecido algo distanciado y le rompe la rodilla. Mientras el hombre que sigue reteniéndola se distrae observando a su amigo retorciéndose en el suelo de dolor y relaja un poco la presión sobre la muñeca de la mujer, ella se libera de su mano con un rápido movimiento circular del brazo. Una vez libre decide no darse la vuelta y echar a correr, sino que se planta delante del hombre que queda en pie y comienza a golpearse haciendo gala de sus conocimientos en lucha cuerpo a cuerpo. El hombre se ve sorprendido por la rapidez de movimientos de la que consideraba una presa fácil y su cuerpo recibe los golpes sin ser capaz de reaccionar.

Ella golpea de manera rápida y con toda la fuerza que le otorgan la rabia y la adrenalina. Su pierna destroza los genitales del hombre, que se agacha doblado por el dolor y por la imposibilidad de respirar. Mientras permanece agachado ella le golpea las costillas con una rápida serie de puñetazos con una puntería de boxeador. Finalmente, un rodillazo en la nariz del hombre termina por dejar a este fuera de combate. El otro hombre sigue agarrándose la rodilla e intenta alejarse arrastrándose por la acera.

La mujer, aún con la adrenalina por las nubes y con la sangre manando de sus labios en fino hilos, se dirige al portal, abre la puerta y, sin realizar ningún estiramiento, coge el ascensor hasta su piso. Abre la puerta e inmediatamente la vuelve a cerrar y gira la llave un par de veces. Se dirige al baño con paso cansado y con un ligero temblor en las piernas; el efecto de la adrenalina está empezando a desvanecerse. Llega al baño y se quita la ropa. Se mira al espejo para valorar las heridas que tiene en los labios. No son graves. Abre los grifos de la ducha y cuando estiman que la temperatura es la correcta se mete en la ducha con la intención de que el agua se lleve todo lo sucedido hace unos minutos. Ahora ya no solo tiemblan su piernas, sus brazos también han comenzado a moverse en rápidos espasmos. Opta por sentarse en la ducha mientras el agua le sigue cayendo en la cabeza y en los hombros.

Ella ha tenido suerte; sabe defenderse y ha podido salir ilesa de una situación, en muchas ocasiones, mortal. Su cabeza repasa todo lo sucedido en la calle. Da gracias a sus años de entrenamiento y, aunque nunca antes tuvo que hacer uso de sus conocimientos, hoy se felicita por no haber abandonado nunca aquellos entrenamientos.

Una pregunta le viene a la cabeza. Una pregunta para la que no tiene respuesta.

¿Qué pasa con todas esas personas que no pueden o no saben defenderse?