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El muñeco articulado

11 abril, 2018

La familia von Khlauss vivía con lo justo a las afueras de la ciudad de Ravensburg. Martha se encargaba de las tareas domésticas y del cuidado de los pocos animales que tenían en el corral de la parte trasera de la casa. Era una mujer joven, de apenas treinta años, bastante alta comparada con sus vecinas y con un cuerpo esbelto a costa de tanto trabajar. Michael, el padre de familia y marido de Martha, era el típico alemán alto, rubio y con ojos azules. Fabricante de pequeños muebles y utensilios pasaba muchos meses al año fuera de las, viajando para intentar vender todo lo producido; o por lo menos intercambiarlo por algo que necesitaran. La mayor ilusión de Michael era poder llegar a casa a tiempo para Navidad y poder hacerle un regalo a su hijo Max, de seis años.

El carro tirado por dos caballos y con Michael sujetando las riendas se desplazaba con dificultad por el camino nevado. Era una época del año en la que no se desplazaban muchos carros y el mantenimiento de los caminos quedaba un tanto suspendido hasta la llegada de la primavera. Para mayor desazón de Michael, las nevadas fueron bastante copiosas durante los últimos días y a los caballos les costaba mantener el ritmo, por lento que fuera.

Mientras conocía el paisaje que le indicaba que en pocas horas estaría junto a su mujer y su hijo, el cabeza de familia dejó volar su mente por las historias que de pequeño le contaban a él por esas fechas sobre el linaje familiar. Michael sabía que provenía de una familia noble, que ya en tiempos de las cruzadas estaba muy bien relacionada y atesoraba numerosas posesiones, pero con el paso del tiempo todo aquello se fue diluyendo entre malas épocas, no muy buenos negocios y pésimas decisiones. Lo único que le quedaba a su familia de la grandeza del pasado era el apellido. Por mucho tiempo que hubiese pasado desde aquel glorioso pasado Michael nunca dejaba de comportarse con la dignidad y el porte de alguien ilustre. Nunca con altivez o soberbia, pero si con decisión y no dejando que nadie pasara por encima suyo o de su familia. En ocasiones se imaginaba que aquellos tiempos volvían y que así podría ofrecer Martha y Max unas condiciones de vida mejores a las actuales, darles todo lo que él quería ofrecerles y disfrutar más, los tres, de la compañía mutua.

Una vez más se había dejado llevar por la belleza del paisaje y por la monotonía del viaje. Michael sacudió la cabeza para volver a la realidad y divisó su casa, con algo de luz que salía por la ventana de la cocina y un humo negro espeso siendo expulsado por la chimenea. En unos minutos estaría dejando el carro a cubierto y llevando los caballos al corral, poniéndoles algo de forraje y entrando en casa para abrazar a su mujer y a su hijo.

El carro avanzaba cada vez más despacio, o esa era la sensación de Michael. En su mente apareció la imagen de su hijo Max esperándole en la cocina, con la mirada alegre y expectante, observando si su padre tras un regalo por Navidad o no. ¿Cómo decirle, un años más, a su hijo que las ganancias del comercio apenas le habían servido para sobrevivir? El corazón de Michael se contrajo y un escalofrío le obligó a recolocarse el abrigo. No quería tener que enfrentarse a esa mirada, cada vez más triste pero siempre con un pequeño rayo de esperanza abriéndose paso en la expresión del niño. No quería decepcionar a su hijo. No debía decepcionar a su hijo.

Michael por fin llegó a su casa y tras cubrir el carro y dejar los caballos en el corral entró por la cocina guiado por el estupendo olor que salía por la puerta. Abrió la puerta con suavidad pero casi sin darle tiempo a cerrar la puerta tras él, su hijo se lanzó a sus brazos y lo recibió con un gran abrazo. Michael dejó el saco que traía con él en el suelo y devolvió el abrazo a Max mientras cerraba los ojos y disfrutaba de ese magnífico momento. Cuando su hijo deshizo el abrazo el cabeza de familia se acercó a su mujer y ambos se besaron con la pasión del primer día. Martha estaba feliz por ver de vuelta a su marido, por ver cómo se habían fundido en un abrazo padre e hijo, pero sabía que en el saco había objetos que Michael había fabricado y que no había podido vender o intercambiar.

Max revoloteó alrededor de sus padres, que estaban abrazados y se hablaban con los ojos. No quería interrumpir ese momento pero él también quería ser partícipe de la alegría del regreso de su padre. Michael lo cogió en brazos y los tres se abrazaron al calor que desprendía el fuego de la cocina.

Martha había preparado un cordero que serviría para alimentarles durante un par de días. Cuando estuvo cocinado prepararon la mesa entre los tres y se sentaron dispuestos a dar buena cuenta de todo lo que había encima de la mesa, que no era mucho. El mencionado cordero estaba acompañado en la mesa por algo de queso y una ensalada de verduras. Los vasos con agua hacían que sobre la mesa apareciesen divertidos puntos luz cambiantes según las llamas del fuego jugaban con el aire.

Mientras cenaban Michael les fue contando cómo había ido su ultimo viaje. Entre unas cosas y otras ese año había estado fuera de casa casi ocho meses. Ocho meses sin ver a Martha, esa mujer que lo era todo para él y a la que cada día quería más. Nunca se quejaba por su trabajo o tener que educar, casi en solitario, al pequeño Max. Cada unos hacía los esfuerzos que le tocaban y el de Michael era viajar buscando compradores para sus artículos.

Max escuchaba a su padre con los ojos abiertos como platos y se imaginaba todos los escenarios que su padre iba describiendo. Le gustaba imaginarse que viajaba con él y que descubría todos esos pueblos y a todas esas personas con las que su padre hablaba y hacía negocios. Los ojos del pequeño se desviaban de vez en cuando al saco que su padre dejó en la entrada de la cocina. No sabía seguro si dentro habría algún regalo para él pero su máxima esperanza era que entre los objetos creados por su padre hubiese algún regalo para él. Llevaba dos años esperando un muñeco articulado con el jugar las largas tardes de invierno pero su padre siempre le decía que esos muñecos eran muy costosos y no podían permitírselos. Mientras su padre seguía hablando su imaginación voló y se imaginó que el regalo de este año sería algún trineo en miniatura con el que poder jugar en los alrededores de la casa. Pensó que su padre, para no levantar sospechas, lo traía desmontado en el saco para no dar pistas. Embobado como estaba en sus ensoñaciones no se dio cuenta de que su madre había sacado ya el postre: un gran baumkuchen. Max se relamió mientras su madre partía varias porciones y las servía en diferentes platos.

—No hace falta que esperes a terminar el postre -le dijo Michael a su hijo Max—, puedes abrir el saco y ver cuál es tu regalo. Sabrás que es el tuyo en cuanto lo veas.

Max miró a su madre justo el tiempo necesario para que ella asintiese con una gran sonrisa en la cara. El niño se bajó de la silla y recorrió a la velocidad del viento los escasos metros que separan la mesa del saco. Deshizo con nerviosismo el nudo y metió una mano mientras con la otra abría del todo la boca del saco.

—¡Lo has conseguido, papá!

El timbre de voz de Max denotaba una alegría infinita y sus ojos, cuando se dio la vuelta para acercarse de nuevo a la mesa, mostraban gratitud, alegría, emoción e ilusión a partes iguales. Ya se había hecho a la idea de que pasarían otras navidades sin tener un muñeco como regalo y justo en ese momento su padre le dio la mayor de las sorpresas.

Por fin tenía un muñeco articulado.

Por fin era Navidad.