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El chico que volvió a creer en el amor

9 enero, 2018

Hoy os traigo un relato corto con el que amenizar la tarde del martes. Si has leído mi libro de relatos cortos te animo a que leas este nuevo relato y dejes un comentario con tu opinión. Y si aún no has leído mi libro Relatos de una vida, te invito a que lo adquieras y disfrutes como ya han hecho otras personas.

El relato se titula ‘El chico que volvió a creer en el amor’ y creo que el título ya lo dice todo sobre qué os vais a encontrar a continuación.

El chico que volvió a creer en el amor

Él tenía la cabeza ladeada y daba la sensación de estar mirando algo que estuviese al otro lado del cristal cuando, en realidad, estaba absorto en sus pensamientos y no se fijaba en nada de lo que pasaba al otro lado. Sus pensamientos volaban lejos, a un tiempo y un lugar pasados. A su vez, esos lejanos recuerdos le empujaban a imaginar nuevos escenarios donde poder replicar aquella felicidad y aquella sensación de plenitud que tuvo en el pasado. Pero aquello no podía volver, era imposible.

Cada vez que llovía rememoraba aquellos días pasados junto a Sofía en aquella casa rural. El ruido de las gotas de lluvia en los cristales, el espectáculo de luz que eran los rayos de sol que conseguían atravesar las nubes grises cargadas de agua, los animales salvajes refugiándose bajo los árboles. Todas aquellas imágenes le venían a la mente. Y, como no, la silueta de Sofía frente a la ventana, vestida con unos shorts y una camisa amplia. Ella descalza, con un pie sobre el otro mientras con sus dedos dibujaba formas en los cristales empañados por la diferencia de temperatura. Él recordaba perfectamente la sonrisa de Sofía cuando él le acarició el cuello y le recorrió los brazos suavemente haciendo que ella se estremeciera por el escalofrío que navegó por toda su columna vertebral. La conexión que tenían el uno con el otro era algo que iba más allá de lo físico, era la unión de dos almas.

Beso entre el chico y la chica

Se conocieron por casualidad en una biblioteca. Él consultaba mapas antiguos y ella estaba realizando un trabajo sobre el desarrollo del Imperio Persa. Cuando sus ojos se encontraron por primera vez al compartir mesa vieron algo más que una pupilas, vieron un sentimiento que les hizo sentarse al lado y, sin decir absolutamente nada, seguir cada uno con lo suyo. Pero los dos mirándose de vez en cuando y sonriendo ligeramente. Ese día salieron de la biblioteca cuando cerraban y ya era de noche.

Al salir a la calle se cogieron de la mano y caminaron hacia un parque que había un par de manzanas más allá. No dijeron nada pero no perdían detalle de lo que el otro observaba; si uno miraba al cielo el otro lo imitaba, si uno miraba al otro a los ojos los dos sonreían; si uno hacía más presión en el apretón de manos el otro acariciaba con el pulgar la parte superior de la mano del otro.

Aún recordaba cómo tras unos minutos sentados en un banco del parque los dos se acercaron y se besaron por primera vez. Tímidamente al principio para dejar paso a la pasión a medida que pasaba el tiempo. Recordaba la suavidad de los labios de Sofía, su aroma dulce y, sobre todo, aquellos ojos verdes de una claridad infinita.

Ahora no tenía nada de aquello y nunca lo volvería a tener. Sofía se marchó para siempre ocho meses después de aquel primer encuentro. Un accidente de coche acabó con su vida. Un conductor borracho perdió el control de coche al tomar una curva entre dos calles de la ciudad y se subió a la hacer llevándose por delante a Sofía y parte del mobiliario urbano. Aunque los servicios sanitarios acudieron con rapidez no pudieron hacer nada por salvar la vida de la joven.

Mientras estaba absorto en sus pensamientos sonó la campanilla que avisaba de que la puerta del establecimiento se había abierto. Ese sonido le alejó de sus pensamientos e hizo que Sofía volviese a aquel rincón de su mente que siempre sería para ella.

Giró la cabeza para centrarse en la persona que estaba entrando en el establecimiento y su corazón dio un vuelco. No podía ser que aquellos ojos volviesen de nuevo a su vida. La sorpresa debió se dibujarse en su rostro porque la joven que acababa de entrar también hizo un gesto de sorpresa. él jamás había visto unos ojos como los de Sofía y hoy, por casualidad, después de estar pensando en ella, aparecía una chica con el mismo color de ojos. En su cabeza no cabía la posibilidad de que fuese una casualidad.

Ella se acercó al mostrador tras el que estaba él sentado y se presentó.

-Hola, buenas tardes, me llamo Vanesa.

Su voz era tan agradable como sus facciones. El pelo castaño alrededor de esa cara con los pómulos algo marcados pero sin exageraciones, unos labios bien definidos y, sobre todo, esos ojos verdes como hacía tiempo que no veía.

Él, que había perdido toda esperanza de caer otra vez por el abismo del amor, se encontraba en un cruce en el que su corazón le dictaba seguir hacia adelante. Su corazón ya tuvo razón una vez y esta vez también se dejó guiar por el corazón. Él, el que había desterrado el amor era el que volvía a creer en el amor.