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Extracto de La regente

15 febrero, 2020

Hoy os traigo un extracto de la novela que estoy escribiendo: La regente. Es un trozo que he escrito hoy mismo y que me ha salido solo, en cuanto me he puesto delante del ordenador las palabras han comenzado a salir solas.

También decir que es la primera vez que escribo algo en primer persona que alcanza esa longitud. Las otras ocasiones habían sido conversaciones o partes mucho más cortas, así que también ha sido un aprendizaje para mí.

Os dejo con el extracto, espero que os guste.

Creía que tenía todo bajo control, pero una conversación con una anciana me ha devuelto a la realidad. ¿O acaso es que nunca he vivido en la realidad? Siempre he vivido en palacios, rodeada de parientes, sirvientes, cortesanos y aduladores. Mi padre y mi madre me criaron bien y me prepararon para ocupar un cargo acorde a nuestra estirpe, descendientes de los primeros reyes del valle, tiempo antes de la unificación. Por mis venas corre la sangre de los reyes y no he hecho más que asegurar la transmisión de esa sangre y del poder y la responsabilidad que conlleva.

Cuando Djet enfermó me costó un poco dar el paso para ponerme al frente de todo y ser yo quien hiciera de intermediaria entre mi marido y la corte. Al principio pensé que nadie me haría caso, que todos exigirían ver al rey, por muy enfermo que estuviese, para que las órdenes fuesen corroboradas y después actuar. Pero los trabajadores del palacio y algunos consejeros acudieron a mí enseguida, en busca de consejo. Sabían que el rey solía preguntarte sobre algunos casos y para ellos resultó más lógico que para mí el acudir a la reina. Los primeros días asediaba a mi marido con todas las preguntas, quejas y sugerencias que me formulaban, pero un día me di cuenta de una cosa: no hacía falta que consultara nada con él, yo tenía las respuestas para todo lo que me planteaban y sabía que mi marido no me llevaría la contraría, porque se estaba muriendo. No sabía cuánto tiempo duraría o si habría una recuperación antes de quedar postrado definitivamente en una cama, pero no podía permitirme perder un terreno ya ganado. No con mi hijo de apenas tres años como único heredero del trono de Egipto.

Cogí las riendas del estado y, tras casi un año de consultas al rey, me puse al frente del país, confiando en todos los consejeros que tan bien habían trabajado para el rey hasta ese momento. Fui consciente de que la decisión de tomar las riendas no fue del gusto de todos, pero nadie osó levantar la voz. Ahora pienso que quizá estaban esperando la muerte del rey para saltar sobre el trono como el halcón se lanza hacia su presa.

La verdad es que inmersa como estaba en atender a todos los peticionarios, reunirme con el visir cada mañana, organizar el trabajo en el palacio, dar las órdenes al mayordomo para que después las aplicasen todos los sirvientes, atender los asuntos religiosos yendo asiduamente al templo, recibir a la embajadas de otros países y a los gobernadores de las distintas provincias del país… no me di cuenta de quiénes estaban trabajando a mi lado por el buen desarrollo del país y quienes se agazapaban a la espera de la oportunidad para saltar al trono.

Tengo que admitir que me gustó el sabor del poder en cuanto empecé a manejarme mejor entre tanta burocracia y personas tan diferentes. El poder es como un manjar que cuando lo pruebas ya no puedes dejar de saborearlo. Si pasas un día sin su sabor necesitas encontrar una parcela donde poder demostrar o ejercer ese poder. Quizá el poder empezó a consumirme, pero entonces no lo supe ver y, puede ser, que en estos momentos no lo quiera ver. Solo quiero mantener el poder bien sujeto en mis manos para legarle un país rico y poderoso a mi hijo.

¿Pero cómo hago para llevar a cabo mis planes sin dar la impresión de que lo hago por mí? ¿Hasta qué punto estoy haciendo esto por mi hijo y hasta qué punto por mi propia satisfacción personal? ¿Es posible diferencias ambas cosas?

Meritneith hizo una pausa. Se sorprendió al ver que había abierto su corazón, que estaba escribiendo los pensamientos que muchas veces reprimía y que, sobre todo, nunca tenía presente mientras hablaba con nadie. Sabía que no era posible leer los pensamientos de otras personas, pero había gente que tenía un don especial para leer en los ojos de los demás e intuir sus pensamientos.

No sé lo que voy a hacer. Sé lo que tengo que hacer, pero no sé cómo hacerlo. Para dejarle un Egipto fuerte a mi hijo se necesitan varias cosas: un gobierno fuerte y estable, unas fronteras pacificadas, comida y bebida para todos los habitantes del país, control de los recursos minerales y materiales del estado, gobernadores de confianza en las provincias y una guardia leal y obediente.

Esas son las cosas en las que tengo que centrarme, pero lo que no logro ver todavía es cómo llevarlo a cabo. Quizá si hago una lista de lo que conlleva cada una de las tareas pueda ir centrándome en problemas más pequeños y más fáciles de resolver. Así lograré estar centrada en todo momento, con un objetivo claro y sabiendo el rumbo que tengo que tomar.

¿Comparto estas conclusiones con Atumemheb y con Ptahmes? Son el visir y el capitán de la guardia y siempre han sido fieles defensores de mis políticas, incluso antes de que tomase las riendas por la enfermedad de mi marido. Sí, son dos personas en las que puedo confiar y a las que confiaría mi vida.

La regente no supo en ese momento lo acertadas que eran esas últimas palabras que acababa de escribir en el papiro.

Ya tengo un propósito y un camino. Ahora solo falta recorrerlo y llegar al final habiendo conseguido todos los objetivos. Estoy segura de que necesitaré a más gente a mi lado, no puedo sobrecargar a Atumemheb y a Ptahmes, sobre todo porque el visir empieza a hacerse mayor.

¡Ah! Otra cosa que de la que me acabo de acordar (me vendrá bien tener todo esto anotado, aunque tendré que guardarlo en un lugar seguro). Tengo que empezar a ver el futuro de Den y ver qué posibilidades de matrimonio hay. De momento es muy joven y para ese paso aún quedan unos cuantos años, quizá más de una década, pero es algo a tener en cuenta para ir buscando la esposa adecuada. Nos estamos jugando mucho como para dejar ese tema en manos del amor. Si hubiese más herederos y nuestro linaje fuese más extenso no tendría problema en dejarle elegir a su esposa y después concertar otro matrimonio de conveniencia, pero siendo el único vástago, lo mejor es concertar un matrimonio que reporte beneficios inmediatos y que garantice la estabilidad. Si después se enamoraba, que tome una segunda esposa.

La regente dejó el cálamo encima de la mesita y se masajeó las manos. Estaba acostumbrada a tomar notas en las reuniones y a redactar sus propias cartas, pero esto había sido totalmente improvisado y más largo de lo que ella esperaba. Mas estaba contenta porque había conseguido aclarar un poco su cabeza y ponerse unos objetivos que harían que caminase firme hacia ellos.