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El nacimiento de un rey. Capítulo 1

28 diciembre, 2019

El muchacho de doce años no quería perderse ningún detalle de la ceremonia que se estaba llevando a cabo en el palacio real de Nekhen. Como todos los años ocurría desde que su padre fuese coronado rey del Alto Egipto, los gobernantes de las diferentes ciudades venían a depositar sus regalos, sus mejores propósitos y sus alabanzas ante el rey Escorpión, quien, sentado en su trono de madera, siempre encontraba las palabras justas y adecuadas para cada uno de ellos.

Pocos se acordaban ya de los días en los que las diferentes ciudades se enfrentaban en combates fratricidas, utilizando cualquier excusa para volver las armas los unos contra los otros y sacando escuetos beneficios del saqueo de las numerosas aldeas que se encontraban al borde del Nilo. Serket las unificó al principio de su reinado y aunque en algunos casos las armas tuvieron un papel importante en dicha unificación, la diplomacia y las ofertas de paz fueron siempre las primeras opciones del soberano.

Hoy se encontraban todos en la misma sala, delante no sólo de un jefe de guerra o de un rey, sino de un enviado de los dioses, un hombre de esencia divina que les proveía de todo cuanto necesitaban velando por el justo reparto de lo que los dioses habían puesto en la tierra para ellos. El rey era el señor de la justicia, el padre protector y la madre bienhechora, el cazador que da de comer a su pueblo y el sacerdote que rogaba a los dioses que el Nilo subiese cada año para fecundar los campos con el negro limo.

El rey y la reina estaban sentados en unos tronos de madera de sicomoro, estupendamente tallados, con patas en forma de pezuñas de toro y representaciones florales en los respaldos. Serket iba ataviado únicamente con un taparrabos de lino blanco y la corona blanca en forma de bulbo con la cabeza de buitre propia del rey del Alto Egipto en la frente. Shesh por su parte lucía un vestido de lino blanco con un estrecho cinturón rojo del que colgaban numerosos adornos de oro en forma de abeja, una corona en forma de despojos de buitre y un fino collar de oro en el cuello. Ambos formaban una pareja digna de admiración, garante de la justicia y la armonía de un pueblo que los respetaba y los amaba sin reservas.

Narmer, que a sus doce años era casi tan alto como cualquier otro compatriota suyo y daba visos de llegar a ser tan alto como su padre, observaba todo de pie desde uno de los laterales de la sala del palacio. Le gustaba ver la actitud de todos esos personajes importantes y con responsabilidades al acercarse al trono. Reconocía a todos ellos y de vez en cuando, alguno de esos gobernadores locales, después de ofrecer todo tipo alabanzas al rey y volver hacia el sitio que tenían asignado en la sala, se giraba hacía él y le saludaban deferentemente. En alguna ocasión devolvía el saludo con una leve inclinación de cabeza, aunque en numerosas ocasiones no podía dejar escapar una sonrisa de lo más natural. Y es que al fin y al cabo, seguía siendo un niño de doce años.

Cada uno de los dignatarios exhortaba un discurso sobre el estado de su ciudad y los dominios que estaban a su cargo, sin olvidar, obviamente, exagerar alguna de las deficiencias de las infraestructuras de los canales o del estado de las cabañas de la administración para así conseguir algunos fondos extra y provocar la inmediata reacción del rey para solucionar dichos problemas. Pero el rey era inteligente y no contaba sólo con los informes que los gobernantes de las provincias y ciudades le comunicaban, sino que tenía un cuerpo de escribas que viajaban por todo el país vigilando y supervisando el estado de los canales, los templos, las cabañas, los hornos, las canteras y todo el resto de construcciones. Dicho cuerpo de escribas estaba formado por escribas de élite, seleccionados de entre los mejores alumnos de las diferentes casas de vida y, aparte de controlar las construcciones, también se encargan de recoger informaciones sobre las condiciones de trabajo de los agricultores y demás trabajadores, así como de los soldados que formaban las diferentes milicias del país.

El gobernante de la ciudad de Naqada se adelantó hasta quedar a una respetuosa distancia de la pareja real. Serket observo a su interlocutor y le dio permiso para hablar y exponer el estado de su ciudad. Por los informes que había recibido de sus escribas sabía que Naqada era una de las ciudades mejor administradas de todo el reino y una de las más ricas, además de que conocía a Nakht, gobernador de esa ciudad, desde hacía numerosos años y sabía que no era persona dada a la exageración ni para bien ni para mal y que siempre decía la verdad en cualquier situación.

– Vida, salud y fuerza Serket – comenzó a decir Nakht utilizando la fórmula tradicional de saludar al monarca–. El estado general de la ciudad que vuestro padre me ordenó gestionar es bueno, la gente no pasa hambre, los impuestos son justos para todos, se da de comer al hambriento, de beber al sediento, todos los niños gozan de buena salud y las medidas de higiene se observan estrictamente. Gracias a todo ello la ciudad está en una situación muy buena, aunque siempre hay cosas que mejorar o construcciones que requieren trabajos de mantenimiento. Respecto a este último punto, mis técnicos han descubierto que ciertos canales y muros de contención requieren arreglos para poder afrontar la crecida del año que viene con garantías de que el agua necesaria para regar todos los campos podrá ser aprovechada al máximo y que ninguno de los habitantes de Naqada sufrirá daños por estructuras en mal estado.

El rey Escorpión sabía que todo lo que Nakht expuso era cierto, pues estaba al día de todo lo que pasaba en su reino y le gustaba estar informado hasta del más mínimo detalle.

– Conozco la situación de los canales y los muros – contestó el rey con calma – y por eso mismo, esta mañana, de acuerdo a esos informes, he firmado unos decretos que te permitirán contratar los trabajadores que consideres necesarios para llevar a cabo todas las tareas de restauración y mantenimiento oportunas.

El gobernador Nakht nunca dudaba de la palabra del rey, pues en caso de haber mentido se estaría condenando frente a los dioses, con lo que se inclinó y con gesto satisfecho se retiró de nuevo a la fila que ocupaban el resto de los dignatarios, no sin antes dirigirse hacia el lugar desde el que Narmer observaba toda la audiencia. Se acercó al príncipe y después de una leve inclinación de la cabeza a modo de saludo, cruzó una cuantas palabras con él.

— Saludos, príncipe. Veo que empiezas a interesarte por los asuntos del reino.

— Mi padre opina que debo ir familiarizándome con el funcionamiento de la corte para poder entender su funcionamiento por completo si mi destino es sentarme en un futuro en el trono de los vivos – respondió Narmer ante el asombro de Nakht por el contraste entre la seriedad del tono y la respuesta y la edad del chico.

— Tu padre es un hombre sabio, aprenderás mucho de él si sigues sus consejos y enseñanzas. ¿Cuántos años tienes?

— Doce años, gobernador.

— Mi hija Neithhotep tiene once años, quizá deberíais conoceros algún día. Si tu padre lo considera oportuno, el año que viene la traeré conmigo a la audiencia real.

Narmer no supo que contestar a eso y el gobernador de Naqada aprovechó para volver discretamente a su lugar en la sala.

Aunque la conversación con Nakht le había sacado un poco de su aburrimiento, el príncipe estaba empezando a cansarse de la recepción y deseaba que ésta acabase cuanto antes para poder volver a salir a campo abierto a disfrutar de los juegos con sus amigos de la escuela. Lo que Narmer no sabía era que la última parte de la recepción iba a resultar la más complicada y tensa, pero se dio cuenta de inmediato que la atmósfera de la sala cambiaba cuando percibió un ligero movimiento de su padre en el trono. Fue un movimiento casi imperceptible, apenas un movimiento de cabeza levantando más el mentón, pero que no pasó por alto para los vivos ojos de Narmer. Entonces miró hacía la fila de gobernantes y vio que el último dignatario que restaba por acudir a rendir homenaje a la pareja real era el gobernador de Elefantina, la ciudad más meridional del país.

Elefantina había sido la última ciudad que había decidido levantarse en armas en contra de la soberanía del Rey Escorpión y aunque habían pasado numerosos años desde aquel triste acontecimiento, el soberano no olvidaba las luchas que produjeron, los numerosos muertos de ambos bandos y las terribles consecuencias sufridas por la agricultura y el comercio durante el tiempo que duró la contienda.